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martes, 26 de abril de 2016

DE MANCOS, REINAS Y CORTES...



DE MANCOS, REINAS Y CORTES…

Hace casi 20 años que llegué a esta tierra a trabajar y aún recuerdo mis “encuentros” con su lengua (llingua, para los más académicos).

Venía de Castilla, de la tierra del castellano puro, de mujeres y hombres trabajadores, de pocas palabras y con fama de tener un carácter seco. Acostumbrada a veranos calurosos e inviernos duros, fríos, con el fuego y el brasero.

Llegué en Alsa ¿cómo si no? y lo primero que aprendí es que en Asturias, Alsa no es una compañía de transporte sino el transporte; aquí se viaja el El Alsa.

Tomé un café y rápidamente entablé conversación con un camarero de Cangas que me advirtió de la suerte que tenía porque iba a estar pa la Descarga del Carmen. Debí de poner tal cara de susto imaginándome a una santa electrocutada que el pobre hombre se entusiasmó hablándome de voladores, palenques y algo de que se quemaban muchos kilos de pólvora y hacía mucho ruído, sin darse cuenta de que yo estaba peor que al principio, pensando si esta sería la tierra donde vivían todos los mineros que salían en la tele cortando las carreteras con barricadas de ruedas ardiendo y dinamita a pedir de boca.

Cuando conseguí instalarme de forma temporal y necesité comprar los cacharros de cocina, en la tienda descubrí que las cazuelas se llamaban potas y podía tomar café en un pocillo.

Los días pasaron y  al final llegó El Carmen, y con él; la folixa, las espichas, la xata la rifa, los bollos preñaos, las caipiriñas asgaya, los frixuelos, el escanciar, el beber en cachu, el orbayu cansino, el dar a la parpayuela y emburriar hasta no poder más y por supuesto, todo ello, sin nada catar.

Por otro lado, en el trabajo descubrí que mancar no es perder un brazo, que la meruca duele a los paisanos, que con los güeyos se puede ver el calcáñu dentro del calcetu y que el pediatra se ocupa de neños y neñas que no paran de berrar cuando están afamiaos y meixaos.

Y después de todos estos años, mi casa está llena de semeyas con dos niños, guajes o neños preciosos de mezcla asturcastellana, que falan diferente a mí y que me miran con resignación cuando le pregunto si se han hecho daño en lugar del ¿mancástete? de las demás madres.

Niños que saben que la corte allandesa está donde sus reinas las xatas, las pitas o los gochos; y que de ella se saca el cuito para poder semar las patacas y las fabas.

Neños que celebran el amagosto y conocen la mayada de la sidra, que se duermen escuchando la coruxa y que cuando no entienden algo preguntan ¿esti cosu como ye,oh?

Nunca me he sentido extraña en esta tierra; la hospitalidad y el acogimiento son el lenguaje más fácil de entender, y abrir las puertas y la cafetera es una seña de identidad allandesa. Con este gesto se superan lenguas, caracteres y hasta las ausencias de la vida.

Y para terminar os diré que cuando voy a mi tierra me dicen que hablo como asturiana y las gentes de aquí que hablo como las de allí.

¡Y habrá cosa más guapa no ser de ningún llau pa poder ser de donde me dea por la gana!





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