domingo, 7 de abril de 2013

Para Ana, la de León.





Es difícil encontrar una persona que estando o no a nuestro lado físicamente, nos acompañe siempre de manera leal y sincera, sin que las circunstancias, desdichas o dichas cambien estos sentimientos.
Pero existen, yo tengo una, y se llama Ana.
Ana es rubia, alta, delgada y buena.
La palabra "buena" lease en toda su grandeza, como esas que pronunciamos con la boca grande, llenándolas de adornos, frases y adjetivos que no se acaban nunca y con las que no me cansaría de contaros y describiros el porqué de su BONDAD.
Nos conocimos a los 18 años, bueno yo tenía esa edad, jeje, que ella es un poco mayor. Aquella residencia de muchachas estudiantes era lo más
 parecido a un paraíso que había conocido, sin una vigilancia constante y el control de horarios de mi anterior internado el cuerpo se me volvió del revés tanto tiempo que aún hoy, a veces, tengo alguna costura que estirar.
Y allí estabas tú, siempre presente y yo siempre ausente. Eso sí, cuando paraba, aparecías, escuchabas y a veces te atrevías tímidamente a dar algún consejo. Pero no era tu estilo, para tí todo tiene una explicación y ocurre por algún motivo, sólo hay que buscarlo o pararse hasta encontrarlo.
Nunca juzgas, todo lo comprendes y lo entiendes, practicando la empatía de la forma más completa que conozco. Siempre la fidelidad, no fallar ni dejar a las personas en la estacada, eso para tí era y es fundamental.
Decidimos compartir piso y sin darnos cuenta escribimos en la vida como si fueran nuestras cuevas de Altamira; allí quedaron las historias de Agustín, el chico al que internaron de niño en el psiquiátrico y consiguió compartir un piso tutelado con otros compañeros, ¿te acuerdas de las veces que le diste de merendar o cenar aprovechando para aconsejarlo y dejarle pistas sobre la realidad de la vida?
Y ¿ tus ancianas? Aquellas que de repente se vieron dispersas por geriátricos o centros después de haber pasado toda la vida en el psiquiátrico? A nadie le importaban, sólo a tí que seguiste acompañándolas y visitándolas para asegurarte de que no les faltaba nada, pero sobre todo, nunca les faltabas tú.
Y de Luisa y su amiga, en silla de ruedas, de las horas que pasabas en tu "frater" y las excursiones a las que ibas para ayudar a chicas y chicos con minusvalías. 
También nos reímos, fundamentalmente cuando te escuchábamos a tí, esa risa tan escandalosa, que en realidad es como tú, limpia, sin frenos ni barreras que la cohíban y que sale desde donde debería salirnos a todas y todos, desde el corazón.
Y lloramos, con problemas familiares, de estudios, de amores...¡ay! ¡vaya paciencia que tuviste!, bueno, también tuvimos. Aquella olla que explotó inundando toda la cocina con callos y su olor correspondiente, o las veces que se te olvidaba el cazo con la leche en el fuego (¿donde estaba el microondas?) hasta que subíamos por la escalera y el tufillo del quemado nos hacía acelerar el paso con una ligera sospecha.
No acabaríamos nunca de contar historias, como personas vivas, inquietas, a las que en algún momento se nos podría acusar de no estudiar demasiado, pero no por estar paradas.¡No!,¡Siempre estábamos viviendo! Y así seguimos, querida Ana, cada una en un lugar diferente.
Tú, fiel, no se te olvida nunca mi cumpleaños o felicitarnos la navidad. Yo....prefiero no decirlo. 
Por todo esto quería escribirte mi pequeña carta y darte las gracias.Sabes que no soy nada besucona ni zalamera, pero en esta ocasión te envío el mayor de todos los imaginables...
UN BESO
 




















miércoles, 6 de marzo de 2013

Basta de Lágrimas. Artemisia, la mujer.



La primera vez que ví a Artemisia Gentilechi fué en su autorretrato a través de  una cita de internet. Nunca había oído su nombre y aún hoy desconozco el motivo por el que llamó mi atención.

Poseía una mirada firme, suave, sin estridencias, la de una mujer bella empeñada en triunfar y sobrevivir a todos los Tassi que intentaron poseerla, dominarla, dirigirla o simplemente ignorarla por el hecho de haber nacido hembra.


Una joven fuerte que a principios del siglo XVII denunció a su violador (Tassi) y para demostrar que decía la verdad sufrió torturas y obscenas exploraciones ginecológicas. Consiguió la condena, ridícula, de un año de carcel para su agresor.

Esta italiana, nacida en Roma a finales del siglo XVI fué hija de Orazio Gentileschi (pintor, gran amigo y seguidor de Caravaggio) y contemporánea de Galileo Galilei.

Dicen las personas que han escrito sobre ella (os recomiendo a Ana Banti) que en sus cuadros refleja todo el dolor, la rabia y la impotencia que le produjeron estos episodios de su vida. Tal vez por eso en imágenes como "Susana y los viejos" refleja tan claramente el acoso y la desesperación a la que está sometida.

Archivo: Susana y los ancianos (1610), Artemisia Gentileschi.jpg


Y en el de Judith decapitando a Holofernes parece disfrutar con su actuación, reflejando un dramatismo y una crudeza pocas veces conseguido, según l@s expert@s.






Artemisia lo logró y sus cuadros son su triunfo y su legado.

En Blogueras tenemos un hueco reservado para ella y todas las de mis compañeras que este año servirán de pequeño homenaje y reconocimiento.

Deseamos que las mujeres artistas ocupen las páginas de nuestros libros de historia, las paredes de los museos y el protagonismo en las galerías, escenarios y centros donde se represente en cualquiera de sus modalidades.

Es llamativo que una palabra como "artista", excepcional femenino genérico, con la que se denomina a las gentes que se dedican a la escritura, la música y la pintura (también femeninas) haya sido secuestrada junto a las portadoras de estos dones a lo largo de nuestra historia.


Es hora de hacer justicia, de poner nombre y apellidos y si lo conseguimos, una imagen a cada una de nuestras artistAS.



 
 













 
 
 







lunes, 18 de febrero de 2013

Grabando la vida


Mira por la ventana, es de noche y comienza a nevar.
Está esperando, al acecho desde el interior, sentada en el alféizar con las piernas dobladas y la espalda apoyada en la pared. Se ha tapado con la manta de la cama, a las once se apaga la calefacción y en este edificio del siglo XV parece haber corrientes ocultas que obligan a arrebujarse hasta las orejas.

El paisaje es de fábula; Un claustro de estilo plateresco construido con la dorada piedra de Villamayor que en cualquier momento parece tener luz propia se prepara a estas horas para acoger suavemente, con cariño y todo el mimo necesario, esta delicada alcatifa nívea tejida alrededor del pozo central. No quiere que ninguno de sus copos sufra y se deshaga con su contacto, desea conservarlos y alojarlos el mayor tiempo posible para ellas, para las cuarenta niñas que se alojan detrás de sus muros.

A ella no se le escapará ninguno, esta noche no, desde su azotea se ha propuesto grabarlo todo en su cerebro.

Así funciona su vida, como una serie de fotogramas sueltos, dispersos, entre los cuales no hay nada. No porque no hayan existido,sino porque simplemente desaparecieron. No puede explicarlo y no le importa, siempre ha sido así desde que tiene uso de razón o memoria, si le preguntan o le hablan sobre aquella etapa, historia o episodio de su vida que no ha dejado impreso en uno de aquellos negativos...no existe. Por eso de vez en cuando se para, revisa la grabadora, busca la película con la mejor calidad posible y se dispone para no perder nada de lo que sucede alrededor.
Esta noche es una de ellas, lo sabe desde que oyó decir a la Hermana Pilar que iba a nevar, no quiere que se le pase de largo; la nieve y el lugar compondrán el decorado perfecto, sin necesidad de colorear el papel continuo de color marrón que utilizan en las fiestas de S. José.
Allí estuvo durante un tiempo indeterminado, observando cómo el blanco se extendía entre las columnas, elaborando un solideo para cada uno de los cuatro apóstoles que estaban instalados en las esquinas y cubriendo las losas por las que diariamente caminaban y cruzaban de las clases al comedor, salas de estudio, dormitorios y vuelta a empezar.
El silencio inicial ha ído transformándose en un adagio, una música lenta que la ha desplazado poco a poco hasta su cama; inconscientemente y con aquella manta a rastras terminó apagando la grabadora con la cantidad de cinta suficiente para que en momentos como el de esta mañana rebobine y aparezca con la misma intensidad; veinticinco años después.













Fotografía del lugar en la actualidad.

sábado, 2 de febrero de 2013

LANZARSE





Escribir ha sido uno de mis sueños desde que tengo uso de razón, mi mayor admiración es y ha sido siempre para las personas que son capaces de unir letras, palabras y frases hasta crear historias que nos emocionan, atemorizan, sobresaltan..etc. todos los sentimientos que se nos puedan ocurrir.
Me parece una de las tareas más complicadas que existen; valorar y conocer las palabras de las que disponemos, esos recursos que utilizamos para decir exactamente lo que queremos. Ardua labor.
Para eso está mi amiga Belén Suarez Prieto, para ir aclarándonos su uso y las dudas que nos generan.
Yo sólo quiero contaros que este blog ha sido y es una de las experiencias que más placeres me han producido y gracias a su uso ( y a veces abuso) me he ído animando a dar pequeños pasos.
Algún pequeño taller de formación, un poco de lectura y la constatación de todas mis carencias me han animado a seguir en ello.
No soy consciente de si lo que escribo interesa a muchas o pocas personas, si es cuestión de simpatías, amistad o cualquier otro factor, En todo caso la principal seguidora soy yo, la más crítica e inconformista, y a la que en muchas ocasiones le gustaría borrar y rehacer lo que en un principio me había parecido una idea brillante.
Por todo lo anterior creo que debo compartir mi última experiencia y decisión; participar en un certamen de relatos cortos. Me atreví a dar el paso y me LANCÉ, estoy segura que detrás está la red de Blogueras.as, con ellas empecé en esta historia y descubrí que existen mujeres geniales, cultas, generosas y con una verdadera militancia feminista.
Y por supuesto también quiero dar las gracias a Armando, por su apoyo, siempre animandome, generoso con su tiempo y su paciencia.
Sé que parece un poco exagerada toda esta parafernalia que estoy montando, pero cada una celebra su primer concurso como le apetece, y a mí me apetece que sea así. sobre todo porque todavía no ha habido votación y todas las posibilidades están abiertas (jajaja);el premio son talleres literarios gratuítos
Para terminar, como no puede ser de otra manera os dejo el relato, y la petición de que si os gusta y os apetece lo compartais. Gracias y nos seguiremos encontrando siempre que os apetezca.

https://www.clubdeescritura.com/convocatoria/ver/dios-tecnologia/513









jueves, 3 de enero de 2013

POR UNAS GOLOSINAS

 

La primera vez que oyó esa frase tenía diez, once o doce años (no lo recuerda bien y en realidad tampoco importa), fue en el recreo, cuando aquel chico “de los mayores” le pidió que la acompañara al quiosco y a ella le pareció una magnífica idea.

Era feo; bajo, con gafas (ella también) y apenas habían hablado algunas palabras en el autobús que los llevaba al mismo colegio, por eso le pareció extraño que se lo pidiera a ella. Pero era de su pueblo, y eso estaba por encima de todas las dudas, además el quiosco era el mejor destino posible a su edad.

En aquel cubículo de 4 metros cuadrados regentado por la señora María, “gorda-lironda” la llamaban, con las uñas más negras que las suyas cuando jugaba en el basurero del pueblo, se concentraban los olores y sabores prohibidos para las niñas y niños que cómo ella no disponían de dinero nada más que en muy contadas ocasiones. Era un suplicio observar el desfile de la mayoría de niñas y niños en la hora del recreo hacía el destino soñado, el reino de las golosinas y el azúcar, por eso, aquella invitación hizo que su imaginación empezara a trabajar en las distintas posibilidades y combinaciones dependiendo del dinero con el que la obsequiara su convecino.

Sin embargo, cuando llegaron, la condujo a uno de los laterales, allí había un trozo de tierra llena de matorral, de las que su padre llamaba “perdidas”, rodeada de una pared en ruinas que aportaba el aislamiento necesario y simbólico.” La empujó, y tirándola al suelo le dijo; “me han dicho que quieres hacer el amor conmigo”.

No había oído nunca esas palabras juntas ¿hacer el amor?, pero no hacían falta muchas explicaciones, los ojos de lascivia debajo de aquellas gafas metálicas con los cristales marrones en los bordes de la suciedad  que habían ido acumulando, eran la mejor interpretación posible.

Enmudeció, quería hablar pero no salía nada de su garganta, todo en ella había quedado en blanco. Su expresión debía ser tan clara, transmitir tanto miedo e incredulidad que aunque amenazó con alguna palabra que no recuerda, aquel imbécil marchó sin que a ella le diera tiempo a decir nada.

Temblaba, y tembló durante todo la tarde en las clases, sin abrir la boca cuando alguna profesora le preguntó por aquella actitud tan extraña.

Lloraba por dentro, y debían de ser unas lágrimas de hielo a tenor del frío que tenía metido en el cuerpo, peor que aquel que soportaban en los días de diciembre cogiendo aceitunas con la escarcha congelada en las ramas de los olivos. Su madre siempre hacía fuego para que se calentaran cada poco rato. Necesitaba aquel calor en ese instante.

¡Su madre!  No quería que se enterara por nada del mundo ¿qué pensaría si sabía que se había ído sola con aquel chico? ¿por qué siempre le pasaba todo a ella? Su madre tenía razón, ¿por qué no podía ser como las demás? Ella había ído por las chucherías y aquel chico le había dicho algo...pero no, no era lo que le había dicho, sino aquella mirada. Había sentido el mayor miedo de su vida.

No, por favor, que no se enterara, que no creyera que ella había ído queriendo. Nunca.

 

 

 

sábado, 22 de diciembre de 2012

LA MODA DEL PERDÓN



El otro día estaba yo contemplando una escena bucólica, es decir, rural y pastoril ¡de pueblo,vamos! Imaginaos a dos niños de unos 5 años jugando en la calle. Ambos guapos, muy guapos, pero uno era como los angelotes del renacimiento. Rubio, con el pelo rizado a media melena, ojos grandes y claros y una cara blanca con  pequeños coloretes, de los que llaman la atención y todas las abuelas le pellizcan el moflete.
Cómo iba contando, contemplaba esta escena cuando de repente el angelito en ciernes epieza a pegar al compañero sin motivo aparente y ante la mirada de la madre por las protestas del "menos angel" cambia la cara y transformandose otra vez a miguelangelino pronuncia con vocecita propia de su elevación "perdona ...., perdona". Y esa madre observadora, que sólo se ha percatado de la última parte, le dice con una cara de adoración total "muy bien hijo, así me gusta, pidiendo perdón".
Yo quedé estupefacta, pero sobre todo con unas ganas de levantarme y coger al angelote por los pelos y decirle cuatro cosas, al igual que a la madre amantísima e ignorantísima de lo que tiene en casa.
Dirán que soy una exagerada, pero no, que lo ví con estos ojitos u ojazos y lo escuché con estos oídos que no orejazos.
Por lo que yo percibí, el funcionamiento es el siguiente; el niño pega o hace lo que le place, siempre que, cuando la parte afectada eleve el tono más alto de lo normal, represente el "mea culpa" mejor escenificado y creíble que pueda. Asunto zanjado. Nada de propósito de enmienda, ni de arrepentimiento sincero, eso pasó a la historia.
¿Tanto ha cambiado el cuento? En mi época si hacías algo mal tenías muchas posibilidades de recibirlo en la misma cantidad, aparte del castigo seguro, que al final era lo que realmente fastidiaba; Sin paga el domingo, sin salir a jugar un par de días, sin televisión....etc.etc. era lo habitual, y raro el día que alguien de la pandilla no padecía alguno, por otra parte, totalmente asumido y visto cómo habitual por el resto.
Sin embargo a mí lo que me alertó no fué la escena en cuestión, que podríamos verla como algo habitual entre infantes (sin título), sino la sensación de ver representada una actitud muy frecuente en nuestra sociedad, a otra escala: LA MODA DEL PERDÓN.
Recordemos el ejemplo de el Rey por ir de caza, Ana Botella por el suceso de Madrid, el Papa por La Inquisición o el Holocausto, o Rajoy por no llevar cinturón de seguridad (creo que es lo único de lo que se ha arrepentido hasta ahora).
A veces creo que William Munny , Clint Eastwood- Sin Perdón , tenía más dignidad y sentido de la responsabilidad haciendo su trabajo (salvando las distancias) que muchas y muchos a los que diariamente aguantamos y sufrimos con sus mentiras, hipocresías y esa chulería de "Fuí creado o creada para esta misión.."
Definitivamente si, creo que tendría el suficiente trabajo como para conseguir esa jubilación que le faltaba y a su vez arreglarnos la nuestra.






lunes, 3 de diciembre de 2012

FLORES PARA UNA TUMBA


Araceli se levantó con dolor de cabeza, las palabras le retumbaban todavía como si vinieran desde un aparato de música estropeado; distorsionadas, lentas y amenazantes..- hi -ja  de  pu- ta, da- te  la vu-el- ta  que  te  voy  a  en-se-ñar  lo  que  es  un  hom-bre. Tiembla al recordarlo, no sabe que va a hacer pero no puede seguir así.
 ¿Por qué no podremos elegir a las vecinas y los vecinos?
              La suya  se llama Loli y lleva conviviendo con su pareja (entre primeras y segundas oportunidades) unos cuatro.
Loli es de estatura normal, unos 35 años, con una guapa melena castaña clara, buen cuerpo y estilo para vestir cuando la economía se lo permite, que no es muy a menudo. Nunca se han tratado demasiado a pesar de que las puertas de sus pisos están una al lado de la otra, aun así, conoce lo suficiente sobre ella: Tiene una media jubilación por un problema cardiaco grave sucedido hace unos años, está separada de su primer marido, ¡otra historia parecida!, y ahora trabaja en una tienda de ropa cara porque la dueña obtiene beneficios asociados a su minusvalía. Así de duro y real.
La fama de mala cabeza y persona inestable la ha acompañado a lo largo de su vida, aunque Araceli piensa que su baja autoestima tiene mucho que ver.
En ella todo es un continuo ir y venir, todo se  repite. Después del lío que montaron, con denuncias de malos tratos por parte de ella, acusaciones de robo de dinero y broncas entre las familias, han vuelto a vivir  juntos.
Javier, que así se llama, es cinco años menor que ella, más bajo , delgado y no debe de ser feo, pero a estas alturas cada vez que lo ve no se molesta ni en mirarlo a la cara, solamente puede escupirle un “hola” con la mínima pronunciación y esfuerzo posible.
 La mayoría del tiempo no tiene trabajo y arrastra fama de ser un celoso  preocupante. Para él sólo existe una pasión: las motos, esas especiales para ir a la montaña y dar tumbos y saltos por senderos o donde le plazca, para eso siempre hay tiempo y dinero.
¡Y vuelta a empezar!, los gritos, la falta de respeto, y el emigrar de Araceli del salón a su habitación (la zona más alejada) para no escuchar y así no sentir tanto remordimiento. Si ocurre algo, prefiere no saberlo, no oírlo.
Pero ya no puede más, tiene que actuar.
Ayer fue ella la que discutió con sus amigas cuando les contó lo que había decidido: Va a ir a denunciar la situación de Loli ¡con ella o sin ella! Tiene claro (casi)  que quiere  hacerlo…
Sin embargo, todas estaban en su contra, que si está chiflada, que se va a meter en problemas con las familias, que si Javier va a ir a por ella y sobre todo que probablemente Loli no va a estar de acuerdo y tendrá  que respetar su opinión.
Le da igual, está cansada de hacer  como que no oye, de soportar que todo el mundo hable y hable (si, ella también) sin hacer nada de nada. Loli no escucha a las pocas personas que se atreven a decirle algo, reciben siempre la misma respuesta; “es que a pesar de todo es muy bueno y me quiere mucho”, como le dijo a Gloria la semana pasada cuando fue a visitarla a la tienda.
Si algún día le pasa algo, estas mismas personas serán capaces de acusarla de no mover un dedo viviendo al lado. ¡A toro pasado todo es muy fácil!

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Araceli estuvo esperando a que sonaran los pasos en la escalera, Loli era tan poco discreta que siempre que llegaba se enteraba nada más cerrar la puerta de la calle. Los golpes de las botas en los escalones iban indicándole cuanto quedaba hasta el tercero. Escuchó el portazo de su piso y decidió dejar un pequeño margen.
Pensó, recordó y ensayó en voz alta el diálogo que tenía preparado con las diversas opciones que podían ocurrir. No quería que la dejara sin argumentos. Uno, dos, tres… ¡allá va!
Tocó el timbre y nada más hacerlo sintió que la boca se le quedaba como si hubiera comido medio kilo de bacalao, pedía agua urgentemente. Pero aguantó, ¡meca!, Loli debía de estar en la ducha. ¡Parecía tonta! ¿Acaso no estaba acostumbrada a oír el agua en el baño a los cinco minutos de entrar ella en casa? ¿Cuantas veces había protestado en voz alta por ello? A Loli no le importaba la hora ni los ruidos, era una acción rutinaria que cumplía fielmente.
Cuando se abrió la puerta lo confirmó, el olor a gel afrutado, de esos que parecen  manzanas (y que no soporta), le llegó desde el baño. Loli vestía un chándal rosa, la melena recogida y zapatillas de felpa naranja, con una Hello Kity en cada una.
La miró con cara de sorpresa, sonrisa con apertura melón en su boca y la frente relajada. En todos los años que llevaban de vecinas debía de ser la segunda o tercera vez que llamaba a su casa; le preguntó qué quería  sin invitarla a pasar.
Y Araceli empezó tímidamente uniendo las letras, despacio, para formar las palabras adecuadas, observando su reacción y siguiendo su memorizado discurso. A medida que cogía confianza lo que salían ya no eran palabras, sino frases  a una velocidad y claridad que le sorprendieron a ella misma. Cuando acabó se sentía como cuando era pequeña y le confesaba un secreto  a su madre. Muchas veces intuía que tendría un castigo pero era mejor eso que vivir con aquella angustia dentro. ¡Por fin, hecho!
Estaba tan ensimismada que no se había dado cuenta de la cara de Loli; era un cuadro, pero de verdad. En ese momento era como una de las figuras fantasmagóricas del Greco , la cara larga, los ojos caídos que parecía que de repente se habían introducido en las cuencas producto de una vergüenza inconfesable y la mano en el pecho, que era lo que más le preocupaba. Temía que le fuera a dar algún infarto  por su culpa y entonces menudo arreglo habría preparado.
Y lo peor era que no hablaba, ni media palabra. Sin previo aviso empezaron a caer unas enormes lágrimas por su cara, fueron unos instantes, no duraron más. Caían con todo su peso, sin que nada las retuviera hasta que llegaban al jersey de su pijama formando  unas sombras alargadas de acuerdo al resto de su figura.
Se recompuso, cambió hasta el color de sus mejillas y con una altivez que la dejó fuera de juego le dijo que se metiera en su casa y se ocupara de sus asuntos. Sin darle tiempo a decir palabra le cerró la puerta en las narices de manera que sonó en todo el edificio un enorme zambombazo, eso  la hizo reaccionar.
Antes de que nadie la viera se metió en su casa y todo aquel sentimiento de trabajo  bien hecho y tarea cumplida se transformaron en  dudas, miedo y una rabia que la encendía. Pero ¿esta tía que es lo que quiere? ¿Aparecer llena de golpes o tal vez algo peor? Pues mira, problema de ella, es lo que se merece. ¡Por imbécil! Encima de que se había atrevido a dar el paso sin que ella se lo hubiera pedido la trataba así. ¡Era una orgullosa y una prepotente que no quería reconocer que necesitaba ayuda! Y así continuó relatando un rato.
Al final consiguió relajarse un poco y se sentó a pensar qué hacía ahora. Unos instantes antes lo tenía muy claro pero en este momento...  dudaba de todo.
Quería ordenar  las ideas, así que decidió que hasta el día siguiente no volvería a pensar en ello.

 

 

Cuando se vieron a lo lejos empezaron a sonreír, ninguna era muy efusiva, dos besos formales y un ¿qué tal estás? sirvieron para romper el hielo y dar paso a lo que de verdad querían. Hablar y contar, todo sin resúmenes, saber una de la otra hasta la última anécdota. Llevaban demasiados años hablando por teléfono, sólo por teléfono.
Loli ya no huía, y eso se le notaba, sólo hacía cuatro meses que era libre y le parecía que llevaba media vida. Adiós a la vida secreta, a no poder ir al pueblo, ni fiarse de las personas desconocidas... ¡habían sido cinco años duros, muy duros!
Los recuerda día a día, casi minuto a minuto; la paliza final, aquella que la obligó a ir al hospital y mentir una vez más, la cara de Araceli cuando volvió a casa y se la encontró en el pasillo  pero no le dijo nada. Se recuperó con Javier a su lado las 24 horas del día, eso era lo que él quería, tenerla allí, día y noche, dependiente total, necesitando su ayuda hasta para ir al baño, -Cariño, no te preocupes, para eso estoy yo, no necesitas a nadie más- le decía a todas horas.
Casi lo consigue, estuvo a punto, pero no podía. Ya no, quería marchar, salir de aquella jaula podrida y sabía quién la iba a ayudar.
Todo fue poco a poco, cada vez que Javier salía aprovechaban para organizarlo,  antes de que empezara de nuevo, esta vez ya no había vuelta atrás.
¡Y llegó el día! Araceli arrancó el coche y Loli lloró, lloró como nunca lo había hecho, sin parar, sin hablar, sin disimulos. Las lágrimas sabían a  golpes, insultos, peleas, gritos...y ella las iba atrapando con la lengua y tragándolas para que nunca más pudieran volver a escaparse.
Los años en las casas de acogida y grupos de terapia habían sido difíciles, pero muy felices. Compañeras y mujeres como ella, que la entendían y no la juzgaban, donde se sentía respetada y valorada.
Y por fin, hace cuatro meses la llamada de Araceli; había muerto. Si, Javier se había matado con la moto en el monte. Aquella honda cr 85 de segunda mano en verde y blanco, una moto de cross  pagada con el dinero que ella había ahorrado durante un año entero de trabajo, accedió a dárselo después de que él la violara tres veces seguidas y la obligara a jurar que nunca en la vida la habían hecho disfrutar tanto. El merecía aquel capricho -¿a que sí cari, a que no te importa nada dejarme ese dinero? a mí, que soy la persona que más te cuida y te quiere. Tú no te preocupes por nada, que para eso estoy yo aquí, y voy a estar muy, muy contento contigo-
Ahora sabe que es la mejor inversión que ha hecho en su vida; pero no quiere pensar en ello, sino en contarle a Araceli que ha conseguido un  trabajo en otra tienda, y que hay un chico muy agradable en una cafetería de la calle con el que ha quedado un par de veces para tomar algo. Y de que vivir sin miedo es la mejor experiencia que ha tenido, ya no mira hacia atrás cuando camina por la calle.
Está pensando en volver al pueblo en Semana Santa, es cuando más gente regresa y quiere que la vean, que observen lo guapa y feliz que se encuentra. Sólo irá unos días, porque su vida ya no será allí, no podría, pero tiene una tarea pendiente.
Quiere ir al cementerio para llevar un enorme ramo de flores a la tumba de Javier, exactamente lo mismo que habría hecho él con ella.